Discarlux despliega su gastronomía y producto en el club privado Raheem, en Madrid
Por Alberto Granados.
Madrid tiene algunos espacios privados que no están en el radar de todos, pero en los que empiezan a ocurrir cosas interesantes. El Club Raheem es uno de ellos. Un lugar donde la conversación fluye, donde el perfil de quien se sienta a la mesa importa tanto como lo que se sirve y donde la gastronomía aparece como punto de encuentro. Desde hace muy poco, Discarlux ha pasado a formar parte de este exclusivo club y, para hacerlo visible, preparó una comida en la que desplegó una buena representación de su excelso producto.
El encuentro se planteó como una experiencia cerrada para apenas 30 comensales, en un formato pensado para cuidar cada detalle y dar sentido a lo que iba a ocurrir después.
El Club Raheem no responde al concepto clásico de club privado. Detrás está José Tapias, fundador y CEO de Raheem, que lo ha concebido como un club financiero y de negocios con una clara vocación relacional.
Durante la velada estuvo acompañado por Albert Rivera, abogado y exlíder de Ciudadanos, hoy vinculado al ámbito empresarial y a distintos proyectos profesionales, y miembro activo del club. (En la foto junto a Carlos Ronda)
Un espacio boutique que combina eventos, formación y reuniones entre directivos, donde el networking no se fuerza y las conexiones surgen de manera natural.
Ubicado en pleno barrio de Salamanca, en una de esas esquinas donde Madrid se mueve a otro ritmo, Raheem se ha convertido en un lugar donde conviven empresa, conversación y gastronomía. Un club pensado más para compartir que para exhibirse.
Y ahí es donde entra Discarlux…
Porque esta comida era, en el fondo, su presentación en sociedad dentro del club. Y no se trataba solo de mostrar producto, sino de hacerlo en el contexto adecuado, rodeado de un perfil de comensal que entiende lo que hay detrás de cada pieza. Al frente del proyecto, José Portas y Carlos Ronda, gerentes de Discarlux, que acompañaron de cerca el desarrollo de la velada.
La mirada de Bascoat…
Para el homenaje gastronómico planteado para los socios, hubo un chef invitado: Rodrigo García, Rodri, chef de Bascoat. Uno de esos cocineros que trabajan desde la precisión y el equilibrio. Su proyecto se ha consolidado en Madrid como una dirección a tener en cuenta para quien busca una cocina contemporánea con raíces claras y una técnica bien entendida, con una mirada muy vinculada al recetario y al producto del País Vasco.
Rodri es un chef que busca armonía en sus platos, donde el sabor es el gran protagonista. Y eso se notó en sus dos propuestas para la noche.
El arroz carnaroli envejecido cuatro años con almejas gallegas fue uno de los pases más elegantes del menú. Un plato donde la técnica y el producto se expresaban con naturalidad.
y el ravioli de txangurro a la donostiarra, con crema de hinojo y sopa de pescado, aportaba ese punto más delicado que equilibraba una comida marcada por la intensidad de la carne.
Discarlux en estado puro…
El resto del menú fue una demostración de lo que supone trabajar con producto cuando hay conocimiento detrás. Un menú elaborado por Joaquín Felipe Jr.
y Andeka González, encargados de dar forma a cada plato con una lectura muy personal del universo Discarlux.
Desde la trilogía de cecinas (wagyu japonés, buey y angus), que funcionó como carta de presentación,
hasta platos como la picaña madurada con cigala gallega o el tartar de buey al estilo “Bidea”, donde la materia prima hablaba sin necesidad de artificios.
Hubo también espacio para la creatividad, con propuestas como el futomaki de presa de wagyu o esa falsa anchoa de vacío de vaca, un juego técnico que demuestra hasta qué punto el universo cárnico puede reinterpretarse.
La costilla de angus confitada en salsa Coke (uno de esos platos que rompen prejuicios)
y el lingote de vaca Marcela pusieron el punto final a un recorrido que fue creciendo en intensidad.
El vino como hilo invisible…
El acompañamiento líquido corría a cargo de la bodega Marqués de Vargas, con una selección de vinos de producciones limitadas pensada para dialogar con cada plato. Desde su base en Rioja Alta, la bodega trabaja con una filosofía clara: equilibrio, elegancia y respeto al origen. Vinos que no buscan imponerse, sino acompañar.
Esa finura permitió sostener el ritmo de una comida intensa sin saturar el paladar, algo fundamental cuando la carne es protagonista.
Un maridaje preciso, bien medido, que ayudó a que cada pase encontrara su sitio.
Cuando todo encaja…
Lo interesante de la velada no fue solo el nivel del menú. Fue el contexto. Un club donde las relaciones se construyen desde la confianza. Un grupo reducido de comensales. Un producto que habla por sí mismo. Y un equipo de cocina que entiende perfectamente qué tiene entre manos.
Discarlux no solo presentó su producto. Se presentó en el lugar adecuado.
Y eso, en gastronomía, también marca la diferencia.
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